Aún le quedan unos años para jubilarse, pero Septimio Andrés Domínguez (Madrid, 1967), farero de Chipiona, a diferencia de la gran mayoría, no resta hojas al calendario a la espera de que llegue ese día. No solo porque le encante su trabajo, también por la peculiar forma de vida que lleva desde 1987. “No me imagino el momento de volver a vivir con vecinos. Va a ser un reto”.

Leyendo el periódico un anuncio me llamó la atención poderosamente. "Hágase funcionario, hágase farero. Un trabajo fijo y seguro." Lo vi tantas veces que me animé. De eso hace 33 años.

Septimio Andrés
Farero de Chipiona

Recuerda que en su juventud, leyendo cada domingo el suplemento del periódico El País, había un anuncio que le llamaba poderosamente la atención. Algo así como “hágase funcionario, hágase farero. Un trabajo fijo y seguro”. “Lo vi tantas veces que me animé”, señala.

Septimio es el farero del faro más grande de España, el sexto de Europa y el décimo del mundo, el de Chipiona. Lejos de esa mística que los rodeaba antaño y que casi los señalaba como personas hurañas, nuestro protagonista es una persona afable y abierta. Reside aquí, con su mujer y su hija, desde 1995, pero antes hizo lo propio en el del Cabo de la Nao, en Javea (Alicante) y en el del Cabo de Creus, en Gerona.

Este 2018 cumple 31 años en una profesión que aglutina un compuesto de “aventura” y “vocación”. Aun así, el madrileño no nació queriendo ser farero.

A casi 69 metros de altura —un equivalente a 20 pisos— y tras subir nada menos que 344 escalones, uno entiende mejor el porqué de esa vida que tanto ama Septimio. Una brisa hace mucho más llevadera el calor de un perfecto día entre semana de primavera, sin una sola nube en el cielo.

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Redacción chipiona.city

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